Con la llegada de un nuevo cuatrimestre, aparece una ola de frío siberiano, como le gusta llamarla a los metafóricos de Antena 3.
Quizás la música que escucho ahora mismo me incite a decir que todo está como siempre. Pero he descubierto algo nuevo.
Continúa esta aventura en la Ciudad desconocida. Cada día hay nuevos retos de los que podría hablar, como nuevas asignaturas, o nuevas perspectivas... o ¡nuevas amistades!. Pero no vamos a desaprovechar estos breves minutos que tengo antes de que cerréis la página y penséis " qué absolutamente aburrido y autobiográfico es lo que escribe". Vamos a probar a imaginar.
Esta vez, mis palabras no serán sobre cosas comunes y desde mi punto de vista hermosas por su vulgaridad. Hoy vamos a imaginar juntos una escena... y como sé que no lo compartiréis conmigo, al menos, me haría ilusión que malgastárais ese segundo de vuestras vidas imaginando... y pensando sobre lo siguiente.
No hará mucho que volví de un viaje por la ciudad con mayor índice de suicidios del mundo (no me extraña): la gris Bélgica. No fue un hermoso recorrido lleno de flores, sol y vida. Sobraba el punzante frío, y al final todo estaba cubierto de una nebulosa triste y gris. Conforme fueron pasando los días, me fui "acomodando" a ese nuevo e intermitente ritmo de vida. En efecto, podría haberme enamorado del sentimiento melancólico que te invade nada más llegar a Liege. Quizás su río sucio y sus abominables fábricas en la yema de tus dedos podrían haberme cautivado. Podría llegar a haber pensado que en efecto, es la ciudad idónea para ese poeta que escribe mirando a las nubes.
Yo no tuve ese sentimiento en todo el viaje. Es más, por primera vez me sentí como la cateta de pueblo que echa de menos la tortilla de patatas, el sol siberiano español y por qué no, su música. Me sentí en todo momento como un pulpo en un garaje. Más allá de que las circunstancias lo provocaran como el idioma o la compañía, el sentimiento era mayor aun. ¿Acaso no soy una ciudadana del mundo, soy a la que sacan de su rutina y automáticamente lo pasa mal?,¿Acaso tengo claro cuál es mi hogar?.
En verdad, el problema era más profundo aun. Bélgica me arrastró. Y aunque yo creí odiar a esos poetas melancólicos y deprimentes, en el fondo me odiaba a mí misma, mirando los negros tejados. Me arrastró la sucia corriente.
Y pensaréis: ¿qué es lo que tenemos que imaginar?
La última noche, salimos. El primer bar en el que estuvimos, la música y la gente eran desconcertantes... y de nuevo, quise estar en mi casa. Entonces, miré al fondo del local, a muy pocos metros de mí y de mi revuelto entorno, la ví.
Todas las grandes historias comienzan así, al menos todas las importantes. No será ese mi caso, y nisiquiera compartí una copa con ella. Pero su mera presencia me llenó de felicidad. Felicidad absurda, como toda buena felicidad.
Ahí estaba yo, con el abrigo puesto, deseando salir a la calle a testar los tres bajo cero. Ahí estaba ella, en manga de tirantes. Llevaba una blusa roja y bebía un líquido verde, cualquiera lo llamaría Fairy. Estaba sentada en un alto taburete y llevaba el pelo recogido. Estaba rodeada de gente bailando. Estaba sola.
Apoyó la barbilla sobre su mano y se giró hacia la ventana. Parecía absorta, viendo la vida pasar a través de aquellos sucios cristales.
Dio un sorbo, y me miró. Y el tiempo se detuvo completamente. Entonces ella levantó su vaso e hizo amago de "brindar". Yo levanté las cejas y sonreí.
¿Ya no era acaso un pulpo en un garaje belga?
Y entonces se acabaron mis miedos. No había ningún problema. No se trataba de que no pudiera adaptarme a nuevas ciudades o nuevas personas con facilidad.
No estaba sola.
Y, pese a no haber cruzado ni una sola palabra con la chica de rojo, en ese mismo instante, sentí que había ganado una amiga nueva o al menos, una compañera en el "Pelotón de Solitarios". Tropa que vaga escibiendo versos sobre tejados grises.
Señoras y señores, miembros del jurado.(Como decía el escritor).
Quién no ha pensado en algún momento de su vida que estaba rodeado de gente y a la vez estás absolutamente solo. Esos pequeños momentos en los que brindas con un o una desconocida, son los que desatan la chispa para comprender que no estás solo/a.
Que, efectivamente, en Bélgica, en Alcalá,en Sevilla, en Almería... hay constantemente gente que mira por su ventana y se siente ajena al mundo que le ha tocado vivir. Pero nuestros lazos se juntan por algún extraño motivo, y la vida une a personas que pese a tener veintidós años, no tienen su camino aun tomado. No crees, ¿Paula?.
Salí del bar con el cálido pensamiento de que, efectivamente, la chica de rojo y yo somos ciudadanas de ninguna parte. Pero acaso, ¿no sabe mejor una derrota acompañada?.
No hace falta que os vayáis a otra ciudad. Ni tan siquiera que alguien brinde con vosotros. Imaginad.
Cuántos de vosotros os habéis imaginado en un mundo repleto de personas que hablan otro idioma aunque compartan piso contigo. (Podría ser un claro ERASMUS).
Imaginad cuántas chicas y chicos de rojo estarán ahí, como vosotros, o al menos como yo, con un pasaporte fantasma.
Imaginad qué le diríais a la chica de rojo.
Imaginad que no tenéis claro el camino a seguir. Alomejor no hace falta imaginar, porque ya lo pensáis.
Y ahora que os sentís solos...qué.
Bien, pues esta es mi conclusión:
Desde aquí, desde este pequeño y oscuro cuarto, brindo por cada uno de vosotros. Brindo por todos los que no sabéis si hacéis bien o mal, pero hacéis. Porque como la chica de rojo, yo también quiero demostraros que no estáis solos... y que "ninguna parte" puede ser tu país de las maravillas.
Quién sabe.
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